Carlos Guío – Psicoterapeuta

¿Culpa o responsabilidad?

Comparte este artículo en redes sociales

La cultura de la culpa

El tema de la culpa y la responsabilidad es frecuente en los espacios de psicoterapia.  Somos una cultura de la culpa.  Los pueblos latinos, en donde la vida del sentir palpita con intensidad se relacionan con la experiencia de la culpa, del sentirse culpable de forma frecuente.

Culpa es una palabra de origen latino que significa falta o imputación, “estar en falta”.  Mea culpa:  mi falta, mi error.  Quizás en su contexto original la palabra apunta al hecho de que podemos cometer un error o una falta.  Sin embargo, a lo largo de la historia, la palabra culpa ha adquirido connotaciones adicionales: 

1) La del error que no se ha debido cometer y que al cometerlo nos convierte en malas personas. 

2) La de pecado, en el sentido de que la acción realizada nos hace indignos ante los ojos de los demás, de nosotros mismos y de Dios. 

3) La de ser merecedores de castigo a causa del error cometido.  Quién se siente culpable busca el castigo.

De forma consciente o inconsciente realizamos una evaluación de nuestras acciones.  El acto de evaluación implica que comparamos la acción efectiva realizada con la imagen ideal que tenemos de cómo las cosas han debido hacerse.  Esa imagen ideal esta formada por nuestros conceptos, representaciones y escala de valores personales.  Una acción es valorada como buena o positiva cuando se ajusta al ideal, o valorada como erronea o negativa cuando se aleja del ideal.  Del resultado de la evaluación pueden surgir dos sentimientos diferentes de acuerdo a la actitud con la cual se enfrentan los resultados de la evaluación.

La vivencia culposa

La primera actitud se relaciona con el sentimiento de culpa y la consecuente autocritica y autodescalificación.  Si observamos atentamente, detrás de la culpa – de forma soterrada -, se esconde un sentimiento de vanidad exaltada.  El pensamiento, expresado en voz alta, de quien se siente culpable es el siguiente:  “me hubiera gustado actuar de forma perfecta pero no lo hice, soy tan malo, estoy tan mal, eso me hace tan despreciable, es inaceptable ese error cometido”.  En la culpa, me hago exigencias idealizadas inflexibles, que exigen su inmediato cumplimiento, la comprensión del proceso para alcanzarlas falta:  con impaciencia quiero ser perfecto, lograrlo ya!, que todo me salga bien a la primera.  Si no lo logro, me comporto como un crítico implacable conmigo mismo.  Al fallar sobrevienen toda una avalancha de diálogos internos desvalorizantes y culposos:  “Oh, soy tan malo”, “soy un fracasado”, “merezco lo peor”, “soy un(a)    (lo que te dices a ti mismo)      ”, “mejor morirme”, “merezco_______”, “soy___________”, “todos son mejores que yo”, “nadie puede quererme así como soy”, “¿cómo pude hacerlo?”.

Se sufre en éste caso, no tanto por el hecho de no haber estado a la altura del ideal amado, sino porque al no lograrlo, de eso se deriva que uno esta mal, que se es imperfecto, que se tiene una falla, y esta evidencia de la propia imperfección, de la condición real en la que se está en éste momento de la vida, resulta para el vanidoso insoportable, le duele, como puede doler el ser tocado en una herida abierta.  Por eso el siguiente movimiento de la culpa es el castigo.  Si el fracaso o el error demoronan la ilusión de la perfección pretendida, y confrontan al vanidoso con la realidad de sus falsas esperanzas y juicios, el castigo es una forma de desfogar la ira que se siente contra si mismo, destruyendose, matándose o restringiéndose,  a causa de no haber estado a la altura, de ser una desilusión para uno mismo.

Detrás de la culpa hay miedo. Se teme no ser nada, no valer nada si no se está a la altura del rígido ideal.  En la culpa no hay amor, porque el ideal no se busca porque se le ame, sino porque el ideal esta presente en la conciencia como un dedo acusador que señala lo mucho que a uno le falta, lo insignificante que uno es.

En la vanidad esta escondido el deseo de autoengaño en un sentido particular.  Yo quiero creer que ya logré en un 100% el ideal, que soy bueno, que soy perfecto, que soy impecable, etc, pero de fondo todos intuimos que en el camino hacia el ideal hay grados, algunos están más cerca de éste que otros , y quizás quienes están más cerca del ideal es a quienes menos les preocupa demostrarlo o ser reconocidos por esto.  El asunto es que en un ideal moral rígido del tipo”hay que ser siempre correcto”, “hay que estar siempre bien presentado”, “hay que hacer siempre las cosas bien”, no hay una percepción clara de la distancia entre el ideal y la situación actual, y por consiguiente tampoco de las acciones que deben realizarse para alcanzarlo.  (ver artículo sobre proceso creativo).  Como no tolero la ansiedad que me genera ver mi propia imperfección, creo la ficción de ser lo que no soy.

El deseo de aprender de lo vivido

La segunda actitud con la cual uno puede relacionarse con el error y la falta está exenta de culpa, y es ver el error cometido como una oportunidad de aprendizaje.  En éste caso también tengo un ideal, una idea de perfección que me permite tener una referencia sobre la cual evaluar mi comportamiento.  Es mi ideal amado, mi meta.  Comprendo que existe una distancia que me separa entre mi realidad actual, lo que soy ahora (mis habilidades, mis debilidades, mis conocimientos, mi edad, etc) y la meta que me he trazado.  El ideal me espera en el futuro y yo anhelo alcanzarlo, pero entiendo que eso implica trabajo, esfuerzo consciente, y que como parte del camino las caidas y errores son inevitables.

Desde ésta perspectiva, cuando caigo me digo a mi mismo:  “es normal que esto suceda, es normal equivocarse, soy humano, lo más importante es preguntarme ¿por qué caí?, y ¿qué puedo aprender de ésta caida?”.  De ésta forma honro el ideal, convierto la caida en una oportunidad de aprender y en un impulso para alcanzar la meta.

La historia personal de aquellos que se trazan metas, grandes ideales, y los han alcanzado, esta llena de momentos de fracaso, desilusión, de grandes errores y de obstáculos que parecen insalvables, pero también de momentos de inspiración, de perseverancia y de la capacidad de aceptar con humildad los errores cometidos y aprender de ellos.  El vanidoso no acepta el error, en su debilidad el fracaso lo atemoriza, dice de él, pone en evidencia su imperfección.

Una condición fundamental en un camino de autoconocimiento es aprender a relacionarnos con nuestra experiencia sin culpa y remordimiento.  Vernos con objetividad implica reconocer nuestras limitaciones y debilidades -lo más dificil-,  también en nuestras fortalezas, tal y como son, sin que esto de lugar a autocrítica y diálogos autopunitivos.  Una observación objetiva esta exenta de emociones de éste tipo.

El esfuerzo necesario

Esta manera de proceder desde luego, implica un esfuerzo consciente.  Es mucho más fácil entregarse a la culpa, la autocritica y el remordimiento, puesto que la intensidad de éstos sentimientos nos da un falso sentido de identidad.  Nos sentimos “intensamente” a nosotros mismos cuando experimientamos éstos sentimientos, nos da la “certeza” o evidencia de que existimos.  Hay un sutil disfrute en entregarse a éstos sentimientos dolorosos.

Por otra parte, en la culpa y el remordimiento, permanezco siempre en el mismo lugar:  no hay cambio.  Hay dolor, hay parálisis, hay sufrimiento, pero nada de esto me ayuda a cambiar.  Maldigo mi vida, maldigo mis acciones, me siento impotente, prometo que nunca más, pero dado que se trata de un juego donde el sentimiento es el gran protagonista, y el pensar está rezagado o ausente, no hago una evaluación real de las cosas.  Esto es – a pesar de todo – confortable, sufro, me autocastigo, pero permanezco el mismo y esto da una alivio:  puedo seguir tomando, o drográndome, con mis explosiones de ira o infidelidad, o en el error que sea,  porque con el autocastigo y la miseria vivida que la culpa me trae ya pagué.

Por eso, pasar de la culpa a la evaluación y el aprendizaje, implica un esfuerzo.  En ésta nueva actitud el pensar debe estar activo y presente.  El anhelo por la verdad acerca de uno mismo, las situaciones y las cosas debe ser un compañero inseparable, y la voluntad de tomar medidas y realizar las acciones que nos llevan paulatinamente hacia el ideal, debe ser la necesaria consecuencia de una evaluación sincera de los errores y el amor por el ideal.

Asumir la responsabilidad nos fortalece

Cuando busco aprender del error cometido, cuando el error activa mi pensar, asumo plenamente la responsabilidad de mis actos.  Con esto reconozco que hay una persona detrás del error, “fui yo”, “yo soy el responsable”, “la situación es fruto de mi acción o de mi decisión”, y por tanto “yo puedo reparar o transformar mi acción”.  Esto es una expresión del propio poder y autonomía del yo.

Comprender la diferencia entre culpa y responsabilidad, y cultivar voluntariamente una actitud de aprendizaje, es de vital importancia para que nuestras experiencias cotidianas, lo que la vida trae a nuestro encuentro, se constituyan en un camino de crecimiento, aprendizaje y fuerza interior.

Para profundizar en el tema.

La obra del psicoanalista frances Paul Diel, en general poco conocida, tiene como elemento base de su análisis el tema de la culpa, la vanidad y la imaginación exaltada en el contexto de la motivación humana.  Es un trabajo sólido e interesante.

Rudolf Steiner, el fundador de la antroposofía, en varias de sus obras, hace énfasis en la importancia de la observación objetiva de las propias acciones y experiencias, de la necesidad de desarrollar un pensar claro, de encontrar momentos de calma interior en donde se evaluen las propias acciones realizadas.  En éste sentido su obra aporta comprensiones y prácticas que contribuyen al mantenimiento y fortalecimiento de la salud física, anímica y espiritual del ser humano. 

Acerca del autor

CARLOS GUÍO

PSICÓLOGO CLÍNICO

Psicoterapeuta.  En mi práctica clínica busco ayudar a las personas a comprender su historia personal, sus creencias nucleares, imágenes internas, emociones y hábitos.  Considero que la psicoterapia tiene como propósito fundamental ayudar a que las personas sean libres y fortalezcan su autonomía y creatividad.

Comparte este artículo en redes sociales

Dejar un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *